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EL LUGAR ONETTI

 

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Portada de la revista “Maldoror” Nº 31 / Noviembre 2015 / Nueva Época

 

Aproximaciones a una caricatura magistral del país autocomplaciente

 

“Y tan farsantes como yo. Se burlan del viejo, de mi, de los treinta millones; no creen siquiera que esto sea o haya sido un astillero; soportan con buena educación que el viejo, yo, las carpetas, el edificio y el río les contemos historias de barcos que llegaron, de 200 obreros trabajando, de asambleas de accionistas, de debentures y títulos que anduvieron, arriba y abajo, en las pizarras de la Bolsa. No creen, me doy cuenta, ni siquiera en lo que tocan y hacen, en los números de dinero, en los números de peso y tamaño. Pero trepan cada día la escalera de hierro y vienen a jugar a las siete horas de trabajo y sienten que el juego es más verdadero que las arañas, las goteras, las ratas, la esponja de las maderas podridas. Y si ellos están locos, es forzoso que yo esté loco. Porque yo podía jugar a mi juego porque lo estaba haciendo en soledad; pero si ellos, otros, me acompañan, el juego es lo serio, se transforma en lo real. Aceptarlo así –yo, que lo jugaba porque era juego- es aceptar la locura”.

 

Monólogo interior de Larsen (El astillero)

 

 

Daniel Mazzone

Estamos tan habituados al malentendido y la confusión, que ante cada reaparición, como la del escándalo de Pluna con su remate macondiano incluido, sabemos de antemano que todo epilogará de manera abstrusa, trunca, sin explicaciones. Simplemente se dejará de hablar de ello, o quedarán flotando versiones encontradas sin síntesis posible. Las autoridades ni siquiera se sentirán obligadas a informar por qué más de un centenar de ex funcionarios de la ex empresa de participación estatal, cobraron un abusivo seguro de paro por más de dos años, cuando el uruguayo de a pie tiene derecho a un máximo de seis meses. Es sólo uno de los escándalos recientes, pero revelador de una cultura poco transparente, cuyas consecuencias no son fácilmente perceptibles ni mensurables –como un avión que no vuela o un plan económico que fracasa- y por eso no parecen pagarse costos políticos significativos. Esta es, se me ocurre, la explicación de que el tema no figure en las agendas importantes, de mirada tan satelital que no perciben la gravedad de que “la gente” se quede a medio entender, a medio elaborar, o a medio sospechar. De hecho, y aun sin su estatus problemático, el tsunami de las discursividades abstrusas con su déficit de sentido, socava un poco más cada vez la autoestima y la credibilidad colectiva y acumula ese tipo de malestar que engrosará el bajón del todo da lo mismo.

También nos quedamos sin saber por qué seis meses antes del mundial Brasil 2014, la conducción que dirigía bien los intereses del fútbol, fue removida con participación inequívoca de la cúpula política y en beneficio ostensible de oscuros intereses.

Son calas que ilustran una construcción discursiva opaca, de medias verdades, ininteligible, característica de un país binario, sin matices ni refinamientos para pensar ni resolver. La salida fácil –la política la utiliza a menudo- es señalar a medios y periodistas, como responsables de esta situación y no lo son. No al menos en forma excluyente y probablemente ni siquiera principal. Es verdad que en los medios –tradicionales y nuevos- se configuran las agendas cuyo sentido se consolida en la conversación colectiva, pero la cadena de responsabilidades reconoce más de un actor. Y si bien es cierto que los medios cuestionan insuficientemente al poder, no lo es menos que van tan a fondo como se les exige. Podría decirse que cada sociedad llega a poseer la calidad de la verdad que se procura. Y así son las cosas en Uruguay. En este marco se fue construyendo el lugar Onetti.

Segunda aproximación: Desde el lugar Onetti se gigantiza el malentendido y como se sabe, las caricaturas no suelen ser de fácil recepción. Demandan cuotas variables de humor o de autocrítica. De no existir acabada conciencia sobre aquellos aspectos que la caricatura exagera, pueden producirse ese tipo de situaciones tan comunes entre los rioplatenses: leer a Onetti y no entender de qué habla. Ciertamente su literatura alegórica, alusiva –la metáfora no lo sería si nombrara la cosa- requiere interpretación, hipótesis hermenéuticas, cierta tenacidad. Pero además, no debería caerse en la ingenuidad de pretender que la enunciación onettiana sea más inteligible que la versión colectiva de la realidad a la que alude. Sorprenderse por las dificultades que plantea su lectura es como desconectarlo de su circunstancia, o fingir ignorancia del rol que cabe a cada uno, por acción u omisión, en la construcción de sentido. El lugar Onetti sería entonces, aquel desde el cual se procura una inteligibilidad posible. Donde se dice algo oscuro, referido a una oscuridad precedente.

Tercera aproximación: El lugar Onetti terminó de construirse por una casualidad. Es probable que desde Montevideo o Buenos Aires, la repercusión de su obra no llegara a la dimensión que alcanzó en Madrid. La recepción de una obra de ese porte, requería un calado que las sociedades rioplatenses no estaban en condiciones de otorgarle. Sólo después de que algunos referentes como Antonio Muñoz Molina entendieron y “compraron” la marca Onetti, ciertas elites uruguayas accedieron a pegar su nombre al del escritor. Claro que lo hicieron a través de lugares comunes, no sobre Onetti sino sobre la celebridad. Cuando el ditirambo ya es innecesario para el elogiado y representa un beneficio mayor para el que elogia, es improbable que pueda eludirse el tufillo que delata la adulación.

Si bien el brazo ejecutor evidente de su expulsión correspondió a la corporación militar (responsable de tantas atrocidades durante el período de facto), debe convenirse que el propio Onetti impidió deslegitimar aquella medida extrema, negándose a venir cuando el ex presidente Sanguinetti lo invitó a su asunción presidencial, precisamente cuando se restauraba la democracia. Paradojas uruguayas, el pretexto pueril que utilizaron para echarlo –la firma del fallo que premió un cuento mediocre- fue la casualidad que lo proyectó a la más dinámica sociedad española, que empezaba a sacudirse sus propios demonios dictatoriales. Se apresuraron los tiempos y un Onetti casi póstumo volvió al Río de la Plata hecho leyenda, Premio Cervantes, ya universal.

Cuarta aproximación: como el lugar Onetti es ineludible, los beneficiarios de la opacidad intentarán vaciar su contenido. Los académicos del prime time, negarán al Onetti de El Pozo (1939) el de “aquí no hay nada” y encomiarán el país modelo y la nostalgia que de él padeceríamos los uruguayos. Y lo volverán a negar en El astillero (1961), en que admitió que había algo: fábricas fundidas. Lo negarán por la vía de ensalzar presuntos paraísos perdidos, a sabiendas de que nadie les va a pasar factura por sus incongruencias cuando elogien superficialmente al crítico del país modelo. Esas sutilezas son para latitudes europeas, no para comarcas toscas que hasta ignoran que podrían exigir otra cosa y no conformarse con versiones anodinas y descafeinadas de hechos escandalosos. Desde el lugar Onetti, el índice apunta a la puerta del desván de los cadáveres que nos aterrorizan, el grado cero del utópico “Como el Uruguay no hay”, el del capitalismo de amigos y la sustitución de importaciones con medidas arancelarias, que no obligaba a los empresarios a hacerse cargo de la calidad. El país del “compre nacional aunque sea malo, joróbese, ayude a la patria”. Una de las formas de evitar abrir la puerta de ese desván, es construir un Onetti raro, maldito, sórdido, y toda la ocurrente retahíla de adjetivos débiles que nada agregan, sólo ininteligibilidad y vacío. Mientras tanto El astillero seguirá fundido y esperando a Godot.

Quinta aproximación: el lugar Onetti, no es un monumento o un mausoleo, sino un nuevo punto en la construcción cuyo sentido se alcanza junto a otros puntos que aislados entre sí, nada revelan. El sentido se alcanza cuando se unen los puntos y ello sólo se logra si se desea unirlos. Una lectura más atenta, que vaya más allá del desdén al primer presidente democrático que tuvo el país tras la dictadura, podría revelar, por ejemplo, que la expulsión, ya expresa o implícita, es un procedimiento recurrente en nuestra forma de resolver conflictos. Eduardo Acevedo Díaz, José Enrique Rodó, o hasta el propio Artigas, lo sufrieron y murieron fuera. Onetti se sumó a esa constelación que desnuda el modus operandi de una sociedad con dificultades para contener el talento que genera.

 

Sexta aproximación: al lugar Onetti no se llega sólo por deseo ni por entera elección propia, sino por la actitud que se ponga de manifiesto frente al choque del meteorito. Así lo describió Antonio Muñoz Molina:

“Al poco tiempo de llegar Onetti a Madrid le hicieron una entrevista en la televisión. Yo la vi por casualidad, y no exagero si digo, al cabo de casi veinte años, que aquella entrevista fue el principio de una influencia decisiva en mi vida. Yo no había oído a nadie hablar de literatura con la falta de énfasis, con la mezcla de pasión pudorosa y desapego no del todo ficticio con que hablaba aquel hombre de apellido italiano y voz tan demorada como sus ademanes. Frente a la rimbombancia española (los escritores españoles que aparecían entonces en la televisión tenían aspecto de gobernadores civiles, o de mantenedores de Juegos Florales) aquel hombre exhibía una naturalidad un poco ausente, fatigada y cortés. Por esa época yo andaba enfermo de lo que el mismo Onetti llamó literatosis, que es una enfermedad a la que sucumben siempre los aspirantes a escritores, los fervorosos artistas adolescentes de provincias, y en virtud de la cual uno convierte la literatura en su religión, su absolutismo y su martirio, y tiende a preferir a los escritores más obviamente literarios, y a imaginar ese oficio como una especie de sacerdocio místico o de destino. A toda esa basura romántica yo agregaba entonces la pasión por un libro excelente de Mario Vargas Llosa, La orgía perpetua, en el que la figura de Flaubert se convierte en el símbolo del escritor anacoreta, disciplinado, casi oficinista, indiferente a todo lo que no sea su obra, atado a ella como a una tiranía laboral de la que extrae, después de una destilación desesperada y dolorosa, algunas líneas geniales. Pero aquel tipo, en la televisión, estaba diciendo exactamente lo contrario: que él escribía sólo cuando le entraban ganas, que igual se pasaba dos días seguidos escribiendo que tres meses sin hacerlo, que escribía de cualquier modo, de noche, en la cama, en pequeños papelitos que luego se extraviaban entre los cigarrillos y los libros y que su mujer los recogía: el oficio de escritor, en sus palabras, se volvía soluble en los hechos comunes de la vida. Inmediatamente me puse a buscar algún libro de aquel hombre, Onetti. Pero no era fácil encontrarlos”. El encuentro de Muñoz Molina con Onetti se dio como el de cualquier rioplatense.

Aproximación final: El lugar Onetti sería el de la representación del absurdo, el de la caricatura de una enunciación errática. Su logro mayor es la construcción del arquetípico Junta Larsen, “cifra y clave del mundo narrativo de Onetti”, al decir de Emir Rodríguez Monegal. Pero toda la obra está poblada de escenas como ésta, de El astillero, en que el ingeniero Kunz estudia un plano “hecho diez años atrás, de una máquina perforadora que podía dar cien golpes por minuto. Kunz sabía que en el mundo remoto se vendían máquinas capaces de descargar quinientos golpes por minuto. Trabajaba siete horas diarias porque estaba seguro de que era capaz de mejorar el viejo proyecto (…) convencido de que, con algunas modificaciones, la perforadora podría, teóricamente, descargar ciento cincuenta golpes en sesenta segundos”.

Si esta representación simbólica del Uruguay de hace 50 años tiene asidero, es probable que las modalidades discursivas que la obra de Onetti caricaturiza tengan alguna responsabilidad en la autoestima baja de un país vendedor de commodities que malgasta energías a sabiendas pero sin admitirlo, que se autoconcibe chico sin serlo y percibe al mundo como una amenaza y no como una oportunidad.

Y quizá sea del caso empezar a admitir que si la verdad proviene de un juicio colectivo que no pertenece a nadie pero que representa cabalmente a la mayoría –como sostiene Patrick Charaudeau- es hora de hacerse cargo de que la forma en que mediatizamos en Uruguay es pobre e insuficiente. Y que ocuparse de ello es tan decisivo como hacerlo sobre el aggiornamiento cognitivo y la actualización tecnológica. Es el mejor legado que podemos recoger de esta caricatura magistral que nos entregó conmovedoramente su percepción oscura con fogonazos de claridad enceguecedora.

 

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