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GESTUALIDAD SUDACA

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Juan Carlos Onetti 1981 ©  http://goo.gl/ETk85T  Bajo Licencia Creative Commons

 

Publicado en El País Cultural – Especial Onetti – 26 de marzo de 1993

 

¿Qué agregar de Onetti en 30 líneas que no sea un adjetivo? Yo todavía ignoro qué significa vivir en un país incapaz de contener a los grandes y que encima los olvida. Desde Artigas hasta Onetti, varios de los que una vez muertos veneramos, han preferido no volver. Pienso también en Acevedo Díaz, de quien ni siquiera se publicó una reseña en el centenario de “El combate de la tapera”, en 1992.

 

De ahí a creer que todo empieza cada vez, con cada uno, media un paso. No podremos  vernos formando parta de una continuidad. Tampoco habrá una literatura;  sólo nombres y obras dispersas. Y esa voluntad colectiva de pensar que todo está tan mal. No sé cuándo empezaremos a querernosy a dejar de poner todo lo bueno afuera. Ni siquiera sé de qué dependerá. En todo caso intuyo que desde allá en Madrid, con esa obra descomunal a sus espaldas y su gestualidad de sudaca que no se rinde, este viejo genial sigue enviándonos señales que pueden ayudar a componer el imaginario imprescindible para articular la autoestima.

 

Fiel a su estrategia de la soledad y la autenticidad que postuló hace una punta de décadas. A su ética de la marginalidad, desde donde proclamó la falta de huellas y la necesidad de que “el creador de verdad tenga la fuerza de vivir en solitario y mire dentro suto”. Sin trenzas ni capillas, imponiéndose (yo diría a pesar de los encargados de condecorar), “por prepotencia de trabajo”, como le gustaba decir a Roberto Arlt.

 

Por eso siento que la esencia de su óptica estriba en que las cartas magras que el escritor recibe casi siempre en el reparto -en todo tiempo y sociedad- cuando están bien jugadas, desnivelan la partida. Aun tardíamente.

 

Que un pequeño funcionario haya podido encarcelar a Onetti a los 65 años sólo guarda sentido en relación a una sociedad que fue capaz de engendrar atrocidades aun peores y mucho más cruentas.

 

Por eso, más que responder me sigo preguntando si la última lección, esa que no aparece en los textos, no será que es imposible ser así y quedarse.

 

 

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