«Mientras nuestras tecnologías fueron tan lentas como la rueda, el alfabeto o el dinero, el hecho de que constituyeran sistemas aislados y cerrados fue social y psíquicamente soportable. Esto ya no es cierto hoy, cuando la visión, el sonido y el movimiento son simultáneos y globales en su extensión» (McLuhan, 13).
Grandes procesos como la Secularización, la Guerra Fría o la burbuja financiera de 2008, son narradas por la Historia, la Política o la Economía. El prolongado malestar social y la inestabilidad general que sacuden a las sociedades abiertas, en las últimas décadas permanece incontado. Una crisis sin narrativa es una complejidad sin descifrar, una realidad inexplicada ¿Inexplicable? Nada de lo humano debiera serlo. ¿Renunciar a entender cómo funciona la máquina?
A principios de la década de 1960, se erigía el muro de Berlín (1961), arrancaba la así llamada revolución cubana (1959) y emergían los Beatles (1962). En pocos años más (1969) el mundo iba a asistir al surgimiento de un acontecimiento portentoso: el nacimiento de internet, con la comunicación remota entre dos computadoras.
Menos de tres décadas después, el muro de Berlín era derribado con furia por la sociedad de dentro y de fuera (1989), se desmoronaba la URSS (1991), y los Beatles, desaparecidos como tales en 1970 dejaban al mundo tocado por su música. La revolución cubana devino en el contrasentido de una revolución sin final, y en otro evento portentoso de 1990, Europa le daría al mundo la World Wide Web, que uniría todas las redes que por entonces pululaban en el mundo: internet adquiría visibilidad global.
Poco más de tres décadas después, el mundo dio nuevos giros bruscos y aquí estamos, en 2026, con el fenómeno de 1990 sin metabolizar y sin saber qué hacer con el cibermundo de redes que por ahora, con las grandes tecnológicas al mando, aturde más de lo que ordena. El desconcierto de 2026 parece inducido por la tecnología, pero los cambios tecnológicos, como los giros geopolíticos, no son fines en sí mismos, sino hilos conductores que nos acompañan desde siempre, si bien algunos -como la electricidad y la electrónica cambian los ritmos del mundo en forma radical. La nueva dimensión ciberespacial ha cobrado tal desarrollo, que el desconcierto parece haber ganado también a las elites políticas globales.
Las últimas seis décadas hablan de un mundo que cambia más de lo que podemos digerir, a una velocidad mucho mayor de la deseable y con un crecimiento de la inequidad que va más allá de lo aceptable. Ya nos lo había anticipado McLuhan en 1962: las tecnologías ya no son «lentas» como «la rueda, el alfabeto o el dinero» que constituían «sistemas aislados y cerrados» y por tanto «psíquicamente soportables»; con las tecnologías electrónicas, «la visión, el sonido y el movimiento son simultáneos y globales en su extensión» (McLuhan, 1962: 13).
Casi cuatro décadas después, Derrick de Kerckhove, discípulo de McLuhan, lo ratificaba: «el mundo se enfrenta a la aparición repentina de un enorme entorno cognitivo para el que nadie ha dictado reglas y ante el cual los organismos gubernamentales y reguladores tienden a aplicar respuestas reflejas que siguen basándose en criterios territoriales» (1999:20).
La dimensión de la novedad nos desubica, dilata y retrasa la llegada a destino de nuestro viaje ciberespacial. Si el desconcierto y un creciente malestar prevalecen, significa que el desafío cognitivo todavía está ahí, 27 años después de que de Kerckhove lo enunciara.
Cuando lo que cambia sorprende y desacomoda, puede entenderse una propensión a atribuir «lo que nos pasa» al cambio tecnológico, pero hay grandes ejemplos históricos de haber incurrido en ese tipo de lectura superficial. Al siglo XVIII lo tenemos mentalmente asociado a la llamada «revolución industrial» con invenciones como la máquina de vapor o el telar mecánico, pero la esencia de ese siglo fue social como insistiremos en demostrar a lo largo de este libro: la migración masiva de millones de pobladores del campo a las nuevas ciudades, la urbanización masiva, el surgimiento del capitalismo moderno, la prensa periódica, el sindicalismo, fueron fenómenos simultáneos que quedaron subsumidos a la lectura economicista que privilegió el factor industrial.
Esa perspectiva reduccionista, ha pasado largamente por alto que los verdaderos motores de transformación radican en las dinámicas sociales que los avances tecnológicos provocan o amplifican. Tal como está ocurriendo en el siglo XXI, lo tecnológico fue en el siglo XVIII un catalizador de las reconfiguraciones humanas: en las relaciones de poder, las estructuras laborales, las normas culturales y también, las desigualdades globales.
Los debates son intensos en el mundo y la región, pero no es la intención ni el propósito de este libro intervenir en la caracterización de la situación general global. Lo que aquí me propongo es bastante más modesto; la comprensión y descripción de la totalidad parece exceder a cualquier intento individual y requerir abordajes multidisciplinarios. Mi propósito es abordar tres aspectos delimitados en una mirada desde el campo de la comunicación periodística: la información, la conversación pública y el propio periodismo en conjunto con los medios. Y presentarlos como un «subsistema comunicacional» (capítulo 4).
Si la emergencia del ciberespacio puso a nuestro mundo en sucesivas fases de inestabilidad, la respuesta que pueda superar el desconcierto general, no surgirá de ocurrencias más o menos ingeniosas, ni de obviedades como «era digital» o «era de la abundancia informativa». Si el ciberespacio se acerca ya a la sexta década y seguimos aturdidos, habrá que extremarse un poco más para arrojar alguna clave que aporte alguna punta para desenredar la madeja. A una sociedad que acostumbra preocuparse ante corridas bancarias, golpes de Estado o devaluaciones bruscas del dólar, no le vendrá mal expandir su ancho de banda sensible y empezar a prestar atención calificada a fenómenos sociales como el de los intercambios de la conversación pública o las modificaciones en la circulación informativa, que son, en una medida que desconocemos, parte sustantiva de la cotidianeidad que no suele medirse.
Ya nuestro viejo y conocido mundo territorial lucía incompleto en la acostumbrada cobertura mediática sobre los asuntos duros de la política y la economía, como si los asuntos inherentes a la información periodística o a los intercambios de las audiencias en la conversación social fueran asuntos «blandos», casi como parte del entretenimiento. Quizá fueran las imágenes con que nos hemos descripto a nosotros mismos en torno a la radio (la escucha angustiada de noticias de la guerra o emocionada por una transmisión deportiva) en las décadas de 1930 y 40, o la familia en torno al televisor en las décadas de 1950 y 60, las que cristalizaron una cierta impresión de fugacidad y superficialidad. Según John Thompson este fue el concepto que la ciencia social trasmitió de los medios:
«Puede parecer sorprendente que, entre los trabajos de los teóricos sociales personalmente preocupados por el desarrollo de las sociedades modernas, tan pocos se hayan ocupado de los medios de comunicación (…) ¿Por qué este olvido? En parte es debido a una cierta actitud de suspicacia hacia los media. Para los teóricos interesados en los procesos de cambio social a largo plazo, los media podrían parecer una esfera de lo superficial y lo efímero» (John Thompson, 1998:16).
Como si nos hubiéramos quedado atrapados (petrificados) en imágenes que hacen de la radio y la tv, meros asuntos familiares, o a lo sumo vehículos de transmisión de los asuntos verdaderamente importantes de la economía y la política.
El telégrafo, la radio, la televisión, las redes y plataformas, son objetos tradicionales de estudio académico, pero la Comunicación no logró hacer de estos objetos, sujetos con existencia social, es decir que su relevancia y gravitación para la vida de cada uno de nosotros, adquiera presencia real, consciente y permee hacia la consideración del público. Parece ser hora de ubicarlos en la agenda, para que se empiece a entender el rol que los dichos de Neil Postman ha descripto con tanta precisión sobre las culturas que se forjan en el entorno de los medios y «nos hacen ser lo que somos». Estamos hechos del cine que vemos, los libros y los diarios que leemos y de lo que vieron y consumieron nuestros contemporáneos en las ciudades y países en que crecimos y en las ciudades y países que más incidieron en nuestros mundos individuales. Somos producto de una época y un tiempo determinados, vertebrados por medios a los que tenemos que empezar a manejar como parte de una cotidianidad de la que hay que reapropiarse.
Si pretendemos estar a la altura del desafío cognitivo que nos plantea el ciberespacio, habrá que dar cabida a sus elementos constitutivos. El mundo en que vivimos se completará cuando estemos en condiciones de crear índices que midan la situación de la conversación pública, y el concepto de mediatización deje de ser un asunto de entendidos.
No venimos a decir que la Comunicación es el centro del universo, sino que los asuntos de la Comunicación forman parte ineludible y sustancial del mundo a comprender. Y que sin su comprensión difícilmente haya salida al desconcierto y el malestar que nos abruman y desacomoda.
La información, la conversación pública y el periodismo, constituyeron durante al menos un siglo -1890/1990- un círculo que contribuyó a cimentar, aun fuera de agenda, a las sociedades abiertas. Las tensiones del ecosistema alteraron su equilibrio y la cuota de estabilidad que conferían a la sociedad. Mientras la modernidad nos compele a repensarnos, quizá se deba conceder espacio cognitivo al subsistema objeto de este libro y admitir el rol que juega en nuestras percepciones.
Es un triángulo de factores atravesados por las mayores tensiones del ecosistema, pero como no forman parte de los sectores considerados duros, críticos, suele subestimárseles y prestárseles poca o nula atención. Y como ni el Periodismo ni la Comunicación suelen alzar la voz, han quedado relegados como un segmento social desatendido, fuera de foco, carente de interés.
Parece estar de moda caracterizar a la época como de cambio tecnológico, pero no es lo tecnológico lo que nos desestabiliza, sino lo que la sociedad hace o deja de hacer con las innovaciones tecnológicas lo que nos tiene desconcertados.