Cuando todo se mueve al mismo tiempo a partir de un mismo haz de cambios que nos cuesta comprender por su complejidad y la forma abrupta de su irrupción.

Daniel Mazzone

En los siglos XVIII y XIX maduraron cuatro procesos que dieron origen a estructuras que formatearon la modernidad: la ciudad moderna, la industria, los medios y el sistema democrático republicano. No es necesario fundamentar que las fábricas generaron las ciudades en su torno y que los medios, se tornaron una necesidad de ciudades cada vez más complejas. Con frecuencia nos cuesta vincular, el surgimiento de uno de los primeros diarios que sigue vivo, The Times (Londres, 1785), con la publicación del clásico de Montesquieu, Del espíritu de las leyes, que data de 1750.

Todo esto viene a cuento, porque estas cuatro dimensiones de la sociedad industrial, entraron en crisis en las últimas décadas, precisamente a medida en que la sociedad electrónica ha ido estructurándose. Cada una de estas crisis se expresa de múltiples formas que se interconectan entre sí. Basta nomás, considerar las diversas maneras en que la comunicación mediática se intersecta con la política.

Por eso sostenía McLuhan que había terminado -hace mucho ya- el reinado de Descartes, un filósofo de la era mecánica, para dar paso a la filosofía capaz de entender lo electrónico, los cambios de conjunto y simultáneos.

Lo territorial fue dejando de ser el espacio exclusivo en el que transcurren y generan sentido los asuntos humanos. El surgimiento del ciberespacio constituye una novedad insoslayable. Si la ciudad moderna fue el ámbito por excelencia de la sociedad industrial, el ciberespacio lo es para la sociedad electrónica.

Y esta es una de las razones profundas por las cuales el ciberespacio no puede funcionar con normas y leyes de la sociedad industrial. Y explica que haya tantos aspectos trabados por falta de marco legal.

La territorialidad y las formas de producir y distribuir de la sociedad industrial fueron puestas en crisis definitiva con el surgimiento de las plataformas. Es decir que la sociedad electrónica y el ciberespacio terminaban de alcanzar una configuración que ha sustituido las formas en que se resolvían los problemas en la sociedad industrial, por otras en las que por el momento prevalece la irracionalidad de lo que todavía no llegamos a comprender del todo, por lo cual en muchos aspectos la sociedad parece estar a expensas de la iniciativa de quienes exhiben más poder y seguramente mejor comprensión de la época. Pero ni todo se alteró solo por la llegada de las plataformas, ni todo se resolverá cuando se genere el marco que las regule. Es precisamente esta complejidad la que pretende abordar este blog.

Hemos llegado al punto límite para la política, que no puede seguir dejando pasar el tiempo sin intervenir y rediseñar las instituciones heredadas de la sociedad industrial. Se trata de algo más profundo que de regular plataformas.

En “Máquinas de mentir” (2018), un libro en el que para mi culminaban años de práctica profesional y de observación de medios y redes, el punto de anclaje desde el que el libro pivotaba fue el agotamiento del contrato de comunicación industrial, porque todavía en ese momento, analizaba la crisis de y en la Comunicación. La propia investigación posterior me permitió advertir que había otras crisis conexas, que probablemente se retroalimenten entre sí, lo que me condujo al concepto macluhaniano de “sociedad electrónica”, donde el punto de anclaje va apareciendo por el lado de la regulación-organización del ciberespacio, que es en definitiva, la regulación-organización de la sociedad.

El ciberespacio nace con la sociedad electrónica y viceversa. O sea, en momentos en que científicos jóvenes y audaces, que no por casualidad se desarrollaron en un país pujante que le dio poder a la creatividad individual y a la inteligencia, posibilitaron la comunicación entre dos computadoras en octubre de 1969.

Parece no haber conciencia cabal en la política en general, de que entramos a un nuevo tipo de sociedad. De ahí la importancia de nombrarla, fijar sus límites, aun cuando casi todo lo que se afirme sean hipótesis de trabajo, como apertura en todo caso a un debate en el cual como es obvio todo está sometido a discusión.

Me parece que la forma de evitar abordar cada una de las crisis por separado, es reconocer que muchos de los cambios de los que hablamos, refieren a un mismo manojo, a un mismo haz de causas, que son a su vez multidimensionales, y que en conjunto, dan forma, de la manera sorpresiva y sorprendente que ya enseñaba McLuhan, los cambios tecnológicos suelen irrumpir, cambiándolo todo de modos en principio ininteligibles.

Uno de los análisis comparativos cuya necesidad emerge de este enfoque es el de la diferencia entre el tránsito entre la sociedad industrial y la electrónica, y las formas en que se produjo el tránsito entre la sociedad tradicional o preindustrial y la industrial.

Si la sociedad industrial no solo fundaba, sino que también se fundaba en un nuevo espacio territorial, la ciudad, la sociedad electrónica abre un nuevo espacio antes impensable, el ciberespacio, una dimensión a la que a muchos les cuesta todavía concebir como real. Esta característica central, puede fundamentar que mientras una se denominaba a partir de una característica territorial, o sea la industria fijada en un determinado territorio, la otra, la nueva, la sociedad electrónica, adquiera su denominación a partir de la nueva espacialidad, que a su vez adviene con una nueva materialidad y una nueva velocidad en la transmisión de los mensajes.

Es claro que la sociedad electrónica se funda sobre la materialidad que se reconoce en antecedentes tan remotos como el telégrafo que revolucionara la circulación de mensajes en la medida en que se empezó a sustituir al ser humano que debía trasladarse por caminos y mares para entregarlos.

Dos advertencias finales: 1) considérese todo lo dicho aquí como un trabajo en borrador, abierto a nuevos aportes y en elaboración permanente; 2) estas reflexiones obviamente continuarán, serán el hilo conductor del blog.

Montevideo, 5 de mayo, 2021

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